Trillian

Estoy en pleno laburo.

Bueno, no tan en pleno, acabo de volver del almuerzo, que estaba rico: Tallarines y chancho a la olla, preparado por mi santa madre.

La cosa es que regreso al notebook a reanudar mi miércoles laboral y, como es mi costumbre, reviso si alguien me ha “hablado” en el intertanto. Porque sobretodo para la supervivencia de las vidas sociales de quienes trabajamos solos, resulta indispensable esto de la mensajería instantánea.

Yo amaba (amo) el Messenger. Feo como era (es), Ñoño, saturado de emoticons y ruiditos y alertas y campanitas al más puro estilo Microsoft, cumplía (cumple) casi a la perfección con sus tareas de chat / intercambio de imágenes y archivos / webcam y servicios afines. Lo amaba, aunque mi correo hace rato dejó de ser Hotmail, por supuesto. Gmail es al homo sapiens lo que Hotmail al homo neanderthalis.

Pero había una cosa más que me hacía quererlo:

Su capacidad de permanecer en segundo plano. Operativo, pero sin abrir ventanitas a menos que yo se lo pidiera. Piola. Cualidad valorable especialmente para los diseñadores y otros profesionales que usualmente trabajamos con varios programas al mismo tiempo y necesitamos mantener nuestras pantallas alejadas del caos.

Así pues, me gustaba, y vivía yo relativamente feliz con él durante los diez años que duró su popularidad. Uno, hasta el año pasado, no se preguntaba si tal o cual fulano tendría Messenger: Lo daba por hecho. Alegremente se conectaban cada día a mi computador unas treinta o cuarenta personas al mismo tiempo, acompañándome en mi así no tan solitaria jornada. Me gustaba verlos iniciar sesión, y conversar un poquito con ellos a medida que trabajaba.

Pero ninguna alegría es eterna.

Llegado el 2011, comencé a notar que entraba menos gente, y que los conectados hablaban bastante poco. ¿Qué podría estar ahuyentando a mis compipas? ¿Por qué ya no llenaba mi lista de conectados los 800 pixeles hacia abajo? La respuesta es obvia para cualquier menor de cuarenta: Facebook.

Yo, que como Sheldon Cooper me declaro reacio a cambiar mis rutinas (aunque entiendo bien que la flexibilidad es hermana de la inteligencia) tuve que resignarme. Por cada cuatro enanitos verdes en Messenger, contaba cuarenta conectados en esa azul vorágine de Facebook. Y eran más o menos los mismos cuarenta con los que yo solía intercambiar opiniones sobre el clima hasta el año pasado.

Así pues, la cruda vida me fue obligando a, cada cierto rato de ocio, abrir el portal para encontrarme con mis sucedáneos de amigos (repito que trabajo solo y muchas veces encerrado, por lo que mi vida social es más bien digital) pero, como ya he señalado, no gustándome esto de tener que abrir una nueva ventana para este fin.

La solución llegaría de boca de Roki, cuando le pregunté si conocía algún software que permitiera permanecer conectado al chat de Facebook sin tener que mantener la página abierta. “Yo uso Trillian”, disparó. “No es muy lindo pero me permite estar conectado a la vez a Facebook, al Messenger y hasta a Google Talk y otros medios. Es la solución para quienes necesitamos estar enchufados a todas nuestras plataformas de una manera cómoda y funcional.”

Desde esa tarde, yo también lo uso. Y me ha funcionado bien. Y no es tan feo como pensé. Incluso avisa cuando alguien abre tu ventanita para comenzar a escribirte un mensaje, así que te permite dártelas de adivino y sorprender con un hola anticipado.