Nina

Recién anoche, con un cigarro de preludio en una mano y Sara dormida entre la otra, caí en cuenta plena de quién es la visita que por estos días se aloja en nuestra casa junto a su esposo don Carlitos. Entremedio de conversaciones sobre Dios versus los masones, o de algún cliente que se cree más inteligente que yo, o sobre la idea de que probablemente la única forma de acceder al conocimiento verdadero sea reiniciarse siempre desde la ignorancia, se me durmió Sara por un rato.

O por algunos años.

Y mientras buceaba ella entre sueños sinuosos yo, acaso inducido por las lentas cadencias del humo azulino, me dejé trasladar más de dos décadas al pequeño patio de Lorenzo Arenas, y la vi. No a Sara, sino a esta otra mujer, un poco más chica y huesuda, fregando con ahínco las camisas de mi abuelo en la vieja batea del tapón de palo de escoba. “Limpiolina”, me enseñaba ella -mientras masticaba un fósforo eterno-, no cloro ni clorinda, aunque lo que verdaderamente blanqueaba la ropa no era ni eso ni el jabón Popeye, sino sus manos humildes que la hacían gloriosa, casi mariana, tan grande como son grandes los que nada quieren para sí.

Debe ser esto de trabajar a deshoras, siempre apurado, almorzando contra el tiempo, durmiendo cuando los humanos se levantan y despertando cuando se acuestan, lo que me había hecho recibirla con todo mi amor, sí, pero en una especie de letargo o inercia que no me habían permitido -sino hasta ese cigarro- darme real cuenta de sus huesos, de su olor, o de su corazón de fricandela. Porque tampoco las llamaba hamburguesas, sino fricandelas, y tampoco decía “debe venir en camino”, sino “debe venir pegando” cuando yo le preguntaba desde mi metro de estatura si faltaría mucho para que mi mamá volviera del trabajo. Y como a veces mi vieja se demoraba un poco en “venir pegando”, estaba esta otra vieja chica, criada en Los Sauces por su tío Segundo, para cuidarme las tardes de mocoso.

Mi padre, por esos años, seguía fiel en su concepto de que donde estuvieran sus zapatos estaría él completo. Aparecía cada ciertos siglos cubierto de misteriosos maletines, con sus bolsillos abundantes de las más variopintas especies: lápices, tornillos, cables; papeles con foráneas anotaciones; billetes de quinientos pesos a veces, que mi madre me entregaba a mí (en realidad sucedáneos de la asignación familiar que no siempre llegaba a tiempo), y que yo consideraba pródigas dádivas con las que más lo quería y lo ansiaba. Pero la Nina también sabía que era poco. Poco el billete con la cara de don Quijote de Valdivia y poco mi padre. Y sabía además que mi abuelo era un gran abuelo, pero no el padre. Así que le echaba más amor a la cazuela y yo crecía contento, querido y un poco demasiado protegido en mi personal Comarca del Jazmín. He ahí parte del misterio de mi actual mamonería, y la razón inequívoca de por qué sucumbo por completo frente al cariño. Sara lo sabe bien.

Así mi niñez duró once años y un mes, que no es poco (ahora con tres o cuatro meses más hasta se puede aprender el ciclo femenino). Once años hasta el aciago día en que mi tío, tu hijo, decidió enviarte un pasaje desde Australia, porque le estaba yendo bien. Y ahí todo se encogió: desde las camisas de mi abuelo hasta la familia entera, que de ser docena se convirtió en un par, con el paso de los años. Tantas mujeres, vieja, te sucedieron. Unas se llevaron detergente, otras hasta mis calzoncillos. Te buscábamos en todas, pero cocinaban tan distinto a ti… y no las juzgo pues trabajar por dinero está bien (pastar es legítimo para el buey que trilla), pero nadie más puso nunca su propio corazón cuando no alcanzaba para fricandelas, ni tu cristalino sudor a modo de limpiolina. Y nadie más fue nunca la primera en levantarse y la última en acostarse, separando las lentejas buenas de las malas, rendida por el sueño. Nadie más me vengó nunca de las “vacas pulgas” (aunque no era culpa de ellas, ahora te lo confieso, que nadie me obligaba a pasármela más entre perros callejeros que con los cabros de la esquina). Y nadie jamás igualó la paz que emanaba de tu “chupechupe” cuando me enchufabas con susurros la mamadera, aún dormido yo. Chupe chupe chupe Yoyite, mi Mondongo Chicoco, chupe chupe… y yo chupé feliz hasta que se me acabó el cigarro.

Desperté.

Dos décadas después entiendo que once años y un mes no están tan mal para haber suicidado mi infancia en el terminal de buses de Camilo Henríquez, noche en que llegué a casa y, mientras todos los demás te lloraban fui, tomé el abrecartas de mi abuelo, y grabé a fuego y sangre en la mesa de la cocina (la misma en que sólo una vez aceptaste sentarte con nosotros) lo único que pude entender: “hoy, xx de octubre de 1988, se fue la Nina”. Lo que no supe vieja sino hasta anoche es que parte de mí se fue de cuajo contigo, y que de alguna manera extraña lo vuelves a traer entre tus regalos australianos. ¿Puedes explicarme también ese misterio, Nina atómica?

Finalmente, creo que ya es tiempo de contarte algo, pues dentro de toda mi nutrida memoria no son palabras que recuerde haberte dicho. Nina, todo lo que he hablado es preámbulo. Nina el mensaje es que te amo.


Escrito el domingo 7 de diciembre de 2008.