Malone

¡BANG!

El sobresalto del detective resultaría sólo perceptible a un observador atento, cuya mirada descansase en aquel momento exacto en el humo proveniente de la pipa de H. Malone, recién descansado y sinuoso, pero quebrado de súbito en argollitas leves y azulinas. Cualquiera pensaría, por descarte, en él mismo. Cualquiera, menos el propio Malone: Desde hace cuatro años, dos meses y tres días, sólo lleva consigo una bala… en el bolsillo de las monedas.

Pero no hay testigos. Al menos no alguno visible desde la penumbra, tenuemente iluminada por la luz del velador. No hay pasos acelerándose escaleras abajo, ni crujideras de tablas, ni distorsiones en el peinado natural de la alfombra. Nada. Origen del disparo: ¿Su mente? Maldito brandy, debo dejar de beber. Pero entonces, ¿por qué Rita cae sobre la cama olvidando su pausado garbo habitual? Curvándose, como en stop motion, frunce el ceño tan intensamente como nunca antes. Como ni siquiera en los buenos tiempos, cuando Malone quemaba lentamente -en la misma vieja pipa- los minutos restantes para terminar su ronda. Rita lo esperaría sentada en el estar, exhausta, pero siempre dispuesta a florecer para él un rato más.

– Mal chico. Vienes húmedo otra vez.
– Es la niebla, mujer. Ya sabes. Londres.
– Sé. ¿Fumamos?

Ella le quitaría entonces la gorra y los pertrechos de cada noche, disponiendo cuidadosamente la placa al lado de las llaves, y el bastón cerca del revólver, “no tan cerca que me mates antes del amor”. Ella frunciría entonces el ceño, susurrando malcriada “¿cuál amor?, reenamóreme esta noche si pretende siquiera un beso”.

Good old times. Aunque no siempre había más que pan y algo de vino, tampoco era siempre necesario; bastaba sobrevivir cada día, regresar cada noche. Siempre habría Rita para vivir.

– Malone.
– Señor.
– Lo llaman Castel. ¿Ha oído algo de él?
– Sólo lo del matutino, señor. Entiendo que las mata con un lápiz.
– Se ha sabido también de un par de casos con pinceles.
– Pinceles…
– Digitales, sargento. ¿Qué sabe de photoshop?
– No mucho, Señor. ¿Produce alucinaciones?
– Algo así. Imágenes de cosas que no están. Al menos no como se ven.
– Si hace que mi placa luzca como de teniente, tal vez no sea tan malo…
– ¿Me ve sonreír, Malone?
– Ciertamente no, Señor.
– Tiene catorce días, o lucirá como la de un cabo.

Catorce. Uno, cuatro. Cero. Cero, uno, cuatro… tan pocos días que parecían eternos. ¿Que diría Rita al ver una estrella distinta, menos brillante? No lo esperaría quizás tan lozana, tan revitalizada al oír el picaporte, tan abundante, tan consuelo. Tal vez no fumarían ya cada noche, antes del amor. Tal vez el revólver…

Así que de quitarle las balas a su arma dependía parte del asunto. La otra parte, de Castel. O lo encontraba primero Malone, o el miedo lo encontraba a él. Y el miedo le era tan pretérito, tan apenas considerado, que la sola posibilidad de volver a sentirlo implicaba ya un resquemor molesto, parecido al miedo en sí. Bah. Lápices. Qué clase de cretino se da tiempo para detalles. Y si se los concede, dejará alguna huella, alguna firma, para eso entre otras cosas sirven los lápices. Quien los haya inventado, con seguridad no habrá pensado sólo en escritores ni en notarios ni en anotar fechas aciagas sobre los souvenirs olvidados de un café en el bulevar.

En el bulevar. Doce días. Uno, dos, doce. Doce, dos, uno. Cuatro. La pipa en un bolsillo. Una única bala en el otro, por si acaso, lejos del revólver, comenzábase a impregnar muy lento de sus propias huellas. Los días, a un tiempo eternos y fugaces, Rita esperando en el estar. Doce días, Rita, al fin y al cabo; doce días y ni rastro de Castel. Sólo la ciudad, la niebla húmeda y persistente, la placa de sargento, ¿te acuerdas? estabas tan sonriente, orgullosa, tan sola entre los asistentes, tan florida con tus ojos de luciérnaga. O de neón, como tantos de éstos, todos sobre o al lado de estas vidrieras, tras las cuales tantos hombres conversan sus brandies para capear el frío. Se ven curiosos, casi divertidos, como atrapados en túneles de luz amarilla, inexistentes, como si se vieran ahí, pero no estando. Casi divertidos, si no fuera un poco triste. Hombres alegres que no existen, aunque brinden.

Pero Malone existe. Y sólo le queda un puñado de días para retener a Rita, que también existe pero es tan… tan Rita. Rita tiene alas y los párpados hermosos. Malone, durante o después del amor le dice “vamos”, y Rita responde con la misma palabra. “Porque las palabras no sólo son fuente de malos entendidos”, se dice Malone, mientras los neones y los hombres y sus túneles siguen moviéndose hacia atrás, como si la ciudad fuera un tren que parte al sur. Malone es el que no se mueve, absorto mientras parece caminar, la bala en un bolsillo, la pipa oprimida en el otro. Tal vez de no haber ido atento al suelo, hubiese visto el rayado en la pared:

“…en todo caso,
había un solo túnel,
oscuro y solitario:
el mío”
Juan Pablo Castel

Si catorce días pueden ser eternos, cuatro años de tregua pueden restaurarlos en parte. Noches en un país sin niebla, noches tibias más bien, sanan muchas heridas. Muchas. El detective H. Malone lo sabe bien. Porque siempre suena mejor H. Malone, Detective Privado, que Cabo Malone, Degradado. Es cierto, es virtual. No se necesita más que una bala, una pipa y un revólver desnudo para ser detective privado. ¿Para qué cargarlo cuando a veces es más tentador ser el blanco? En efecto, cuatro años de tregua sanan muchas heridas, pero así como el asesino siempre vuelve al sitio del crimen, un hombre regresa siempre a su sustancia. Y la sustancia de Malone era buscar. Buscar a Rita.

Pero no hay testigos. Al menos no alguno visible desde la penumbra, tenuemente iluminada por la luz del velador. No hay pasos acelerándose escaleras abajo, ni crujideras de tablas, ni distorsiones en el peinado natural de la alfombra. Nada. Sólo Rita sangrando sobre la cama, musitando casi nítidamente:

– Mal chico. No debiste irte. Vienes húmedo otra vez.
– No es la niebla, mujer, no te mueras ahora, ¿quieres?
– Trataré. ¿Fumamos un cigarrillo?

Malone se sienta a su lado. Mete la mano en el bolsillo: una bala. Busca en el otro, pero no hay más que tabaco. Le acaricia la cabeza, las luciérnagas comienzan a apagarse.

– ¿Fumas de mi pipa, Rita?

Alone despierta semisentado. Una mano, como si acariciase a alguien de verdad, yace sobre una almohada rojiza. La otra, en actitud de nada, se pierde en el bolsillo vacío de su abrigo. Alone se yergue, le duele mucho el cuello. Ha estado largas horas frente al notebook, que ahora aparece en la escena a punto de resbalar al suelo. Se quita entonces el abrigo y los pertrechos que quedaron pendientes, disponiendo cuidadosamente la cámara al lado de las llaves, y el pendrive cerca del revólver, “no tan cerca que me muera antes de terminar el relato”.

Pero frunce entonces el ceño tan intensamente como nunca antes, susurrándose molesto “¿cuál relato?” ¡Cuál relato! A veces sólo son palabras desde las que no puedo salir, como no siempre se puede salir de un túnel, ni de un blues en un taxi ni de un café en el bulevar; como no es real una pantalla ingrata ni cuatro años ni dos semanas, ni Londres ni Concepción ni este pendrive ni este nombre ni esta almohada ni esta bala en este revólver. ¡Porque no es real siquiera esta bala, Alone, mira!

¡BANG!


Escrito el martes 17 de mayo de 2009.
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