El singular lenguaje penquista

Expresiones y conductas que nos delatan. Dichos populares, tallas, términos jocosos; en suma, una variedad de vocablos locales, matizados por ese tono cantadito tan peculiar, conforman la jerga de los habitantes de las tierras del Biobío.

Más de alguna vez usted habrá conversado con la caserita de la vega, el taxista amigo o el acomodador de autos de su cuadra. Son personajes típicos de nuestra zona, coterráneos que se caracterizan por su agraciado léxico y cierta sinfonía o entonación al hablar -para los santiaguinos-, según asegura Andrés Gallardo, doctor en Lingüística del departamento de Español de la Universidad de Concepción: “En nuestra idiosincrasia, los chistes y comedias generalmente apuntan a individuos como el “malandra” del sector marginal, quien habla en jerga “coa”, la que consta de ciertos códigos de disimulación que se relacionan con formas delincuenciales de vivir. También se ironiza con el “Pepe Pato”, quien por su acento se asocia a los sectores acomodados”, relata.

Y para este catedrático, pese a la unidad idiomática que predomina entre los chilenos, igualmente se advierten ciertas diferencias geográficas que surgen al pronunciar, o bien en el momento de la entonación de las palabras y de la frecuencia de las articulaciones. Así, los penquistas y antofagastinos tienen una “r” más vibrante que los porteños.

También hay contrastes en el terreno gramatical, como la preferencia por decir “si yo tuviera plata” a “si yo tuviese dinero”. Ahora, en el fértil terreno de los sustantivos y sus significados, las diferencias son amplias. Por ejemplo, y sólo evidenciando los contrastes existentes entre Concepción y Santiago, mientras acá comemos “cincominutos” y “pan francés”, allá estos alimentos se denominan “vienesas” o “salchichas” y “pan marraqueta”, respectivamente. O a la hora de movilizarse, en la capital muchos toman una “liebre”, en tanto que por las calles penquistas circulan “taxibuses” con pasajeros. Los niños de acá juegan a las “polquitas”, mientras allá lo hacen con “bolitas de cristal”. En la Región Metropolitana, la gente va al mercado y lleva sus cosas en una “malla”, en tanto que dentro de las fronteras del Biobío se guardan las compras en una “pilgua”.

Igualmente, muchos residentes de acá desconocen lo que es la “chalequina”, un abrigo más delgado y de media estación usado en Iquique. Y volviendo al “pan francés”, éste es mejor conocido como “pan batido” en Valparaíso y Viña del Mar. En cambio, aquí uno distingue a los que usan “chaleca” o “chaleco”, la primera voz perteneciendo a un estrato socioeconómico popular, lo mismo que al sentir “la calor” o encender “el tele”. Y lo mismo ocurre con el “ganarse”, en vez de “ponerse” o “ubicarse”; y la expresión “me le olvidó”, en reemplazo de “se me olvidó”; todas formas que se han ido extendiendo en segmentos bajos.

Hay locuciones que derivan de la cultura popular andaluza, por ejemplo la supresión de sílabas al decir “estoy cansao”, en vez de “estoy cansado”. En ese sentido, los latinoamericanos y los chilenos no somos productores de lenguaje, admite Gallardo.

No tan mal

Por su parte, Leopoldo Sáez, presidente de la Sociedad Chilena de Lingüística y catedrático de la Universidad de Santiago, explica que los chilenos hablamos un tipo de dialecto, nutrido de particularidades especificas, y por ello niega la posibilidad de que en el país se hable de un modo deplorable.

“Si un compatriota dice ‘yo soy shileno’, ese sonido los argentinos lo consideran peculiar en nosotros, incluso las personas que enfatizaban tal pronunciación eran catalogadas del estrato medio bajo. En cambio, en la actualidad esa tendencia se ha diversificado y pasa a constituir normalidad, lo mismo que cuando omitimos las eses finales y las aspiramos. Ello ocurre con la letra jota en países como Colombia, donde se dice ‘muher’ en vez de ‘mujer’ “, sostiene.

Eso sí, Andrés Gallardo opina que el auge de la televisión y de los espacios radiales incide en que los jóvenes hablen una jerga similar en todo el país, y por ello cuesta distinguir si un muchacho viene de Concepción o Santiago. “Aparte, muchos de ellos están emigrando constantemente a las grandes urbes, en busca de nuevas perspectivas académicas o laborales, por lo que se tiende a homogeneizar la forma de expresarse en este grupo”, comenta el doctor en Lingüística de la UdeC.

Más rápido, peor

El sociólogo de la Universidad de Concepción Manuel Baeza explica que una de las diferencias fundamentales entre penquistas y santiaguinos es la vertiginosidad que predomina en el hablar de estos últimos, y ello se evidencia al escuchar a los conductores de programas y a los periodistas que figuran en los noticiarios de la TV, quienes se expresan de un modo precipitado y casi al límite de lo comprensible. Como consecuencia, los telespectadores difícilmente pueden asimilar el mensaje.

“Creo que es necesario tomarse el tiempo para reflexionar sobre lo que se va a comunicar. No por hablar más rápido se dice más”, asegura el facultativo. Y admite que a veces estas expresiones desordenadas del pensamiento se esparcen con fórmulas extremadamente barrocas o recargadas, “donde muchos se valen de los raciocinios tautológicos, lo que significa agregar el mismo argumento que se utilizó para reafirmar algo como válido”, asegura.

También comenta que el empobrecimiento del lenguaje se debe a la introducción de formas cada vez más pragmáticas, pues “así el sujeto se vale de los llamados comodines o muletillas para expresar sus ideas, ya que una ajetreada vida cotidiana exige mencionar el máximo de contenido de la manera más reducida posible. Además, ese torrente de palabras tiene su origen en la carencia de tiempos y espacios destinados a reflexionar. Al final de cuentas, tenemos un hablar formateado y mecánico que hace inquirir sobre lo irreflexivos que somos”, sentencia. En las grandes urbes, la gente transcurre la mayor parte de las horas en el trabajo, incluso al momento de almorzar, intermedio de como mucho una hora de duración donde la consigna parece ser “tragar para volver pronto a la oficina”.

“Así, en esas condiciones, el lenguaje es el fiel reflejo de cómo somos y cómo nos comportamos. Ese tono acelerado e instintivo, creo que es una señal de nuestros tiempos”, enfatiza Baeza. Más encima, predominan hoy una serie de términos que provienen de los avances tecnológicos y nuevos descubrimientos en el campo de la revolución informática y la comunicación a distancia. “Estamos inundados de excesiva información simultánea. Por ello, sostengo que en el pensar de los individuos se tiende a creer que la reflexión no es una exigencia ni tampoco una reivindicación”, manifiesta, añadiendo que “abunda un retroceso en el pensamiento critico, se ha perdido la capacidad de investigar lo que ocurre con el vecinos, con los amigos, en la sociedad y los grandes temas filosóficos y existenciales”.

Finalmente, el sociólogo penquista reconoce que los habitantes del Gran Concepción tienen la ventaja de vivir en una ciudad tranquila y lejos del mundanal ruido urbano que predomina en las calles de la capital, lo que debiera influir en algún punto en una mejor utilización del lenguaje, pues disponemos de más tiempo para compartir con la familia y la comunidad.

Educación y lenguaje

Para Leopoldo Sáez, hay una pérdida del dominio de la expresión, donde los chilenos entienden cada vez menos lo que leen y escriben. En ese sentido, el catedrático hace hincapié en mejorar la comunicación habitual. Por ejemplo, si la secretaria ignora como elaborar una carta o si los ingenieros son incapaces de redactar claramente un informe técnico y entregan un texto ilegible e incomprensible para los destinatarios, entonces sin duda que se genera un problema mayor. “A tal grado repercute el lenguaje, que se generan trabas económicas serias, ya que si los empresarios carecen del dominio de la expresión formal, entonces se cierran muchas posibilidades de concretar grandes negociaciones”, manifiesta.

Del mismo modo, “resulta clave aprender a escribir una carta a un jefe, hablar en situaciones relevantes, solicitar oportunidades laborales y expresarse en público”, declara Sáez.

Por ello, la educación de los niños y jóvenes debe suplir esa carencia, ya que generalmente a los alumnos se les califica a través de pruebas de selección múltiple, y en estas mediciones difícilmente desarrollan su capacidad de oratoria.

“Además, hace unas décadas los estudiantes consultaban las enciclopedias para realizar sus tareas, de las cuales debían extraer y redactar textos a mano, por lo que de algún modo los obligaba a estar ejercitando la síntesis en la escritura. No obstante, hoy ellos recurren a Internet, donde el sistema pareciera ser más expedito al copiar y pegar párrafos ya elaborados. Creo que esto último carece de un valor instructivo, pues no se comprende ni se trabaja la lecto-escritura, que repercute en el habla de los chicos”, sostiene.

En tanto, el docente de la facultad de periodismo de la Universidad del Desarrollo, Carlos Godoy, advierte un empobrecimiento del lenguaje, principalmente entre los estudiantes de la enseñanza superior. “Pienso que se expresan con groserías en exceso o coprolalia, con términos inapropiados o soeces, que no corresponden a su significado”, opina.


Autora: Paula Villanueva.