“La Noche Boca Arriba”

Esta noche recuerdo el cuento
La Noche Boca Arriba,
de Cortázar.

Mejor, de Julio Cortázar. Nunca me ha gustado la gente que llama a los autores por su solo apellido, como si fueran grandes amigos. O solo por su nombre: “Me gusta Silvio”, como si Silvio Rodríguez fuera los sábados a tomar el té a casa del que lo nombra, o los días de semana a comer con él después de la oficina. O del trabajo que sea, ya los cupos en las oficinas están llenos y siempre se necesita un poco de alma de comerciante para sobrevivir. Yo siempre digo “No me gusta Silvio Rodríguez, pero me gustan sus canciones”, me parecería rasca y algo pedante decir que no me gusta Silvio, como si el cubano supiera quién es este Andros al que tanto le molesta su socarronería. Y es que uno siempre odia sus propios defectos en los demás, así que me molesta su vanidad disfrazada de humanidad. Si él sabe que su unicornio, por muy azul que fuera, no era realmente un unicornio ni una metáfora ni una mujer, sino un lápiz. Al menos eso dicen las que saben. Claro que a Cristián Warnken le gustan los apellidos sin nombres (a menos que se trate de Dante Alighieri, al que seguramente debe llamar “El Dante” cuando lo correcto sería la otra opción). Le gusta mostrar que sabe con frases como “Nietszche decía…” o “Según Foucault…”, como si los hubiera escuchado constantemente y de cerquita igual que Alejandro Magno a Aristóteles.

La cosa es que se me viene a la mente el cuento de Julio. Cortázar. No sé mucho de él ni de sus famas ni de sus cronopios como para sentirme su amigo. Tal vez si así fuera lo mentaría simplemente “Ju” o algo por el estilo. Así que no es mi culpa que mientras escribo esto suene simplemente Enya en la radio, porque ella se hizo famosa sin apellido. Uno necesita de la radio cuando se le ocurre, a dos años y medio de haber dejado de ser un pobre infeliz, volver a escribir como si aún lo fuera. Porque no hay nadie más escritora que la tristeza. Ni siquiera Allende, que tanto le critican todo. Isabel. Isabel Allende. Yo la encuentro linda y me enternece y seduce eso de “era una cachorra desnuda y llena de excremento”. Y no porque sea coprofílico, eso jamás, sino por lo silvestre y llano de su descripción. Además con eso de cachorra desnuda me acuerdo de mi hija, a la que algún día le enseñaré el cuento de Isabel que me gusta y que no diga Silvio y lo del cuento de Ju que me gusta por lo siguiente:

El personaje es un motorista bastante dado a la velocidad y se accidenta. Se saca la chachu, digamos, así que va a dar al hospital donde tiene que pasar una noche boca arriba, creo que bastante magullado y hasta quebrado. Pero logra dormirse y sueña. Sueña que es un indígena “moteca” (¿México?) al que atrapan los enemigos y el cual es llevado a una (alerta de spoiler) pirámide sacrificial. Atroz. Para su alivio el motorista despierta justo antes de que comiencen los cantos rituales y bebe golosamente agua mineral del gollete de la botella, porque eso de que lo fueran a matar lo hizo despertar bastante seco. Pero vuelve a dormirse y, valor, retoma el sueño justo donde había quedado, boca arriba amarrado a una especie de potro al que se acerca macabro el sacerdote que quiere sacarle el corazón. O cortarle la cabeza, no recuerdo bien esa parte y se me confunde con la película Apocalypto. Fuerte Apocalypto por si acaso la quieres ver. La cosa es que el tipo quiere volver a despertar, pero descubre que…

Lo siento si he sido muy evidente para acusar el final. Lo siento, pero no tanto, porque si ya leíste el cuento de Ju, sabes cómo termina. Y si no, no creo que esté en tus planes inmediatos leerlo. Además, ni siquiera creo que haya alguien leyendo esto que escribo así que la posibilidad de disculparme con nadie por no hacerle nada es en sí un poco muy estúpida.

Pero, ¿por qué me acuerdo de esto ahora?

Yo soy dos hombres. Uno se llama Andros, y el otro (el que tendrá que disculparse con su esposa mañana por ser un perfecto tonto) se llama Rodrigo. Y yo pensaba que Andros era lo que Rodrigo quería encontrar, la esencia escindida al nacer con la que este bípedo terrenal quería volver a fundirse. Cuántas noches, boca arriba, soñé yo Rodrigo con los páramos de Arcana. Ni siquiera dormido, acaso, sino tal vez solo contemplando el techo de la que fue mi habitación, y que ahora es nuestra y feliz. Cuántas noches abrazado a mis rodillas cerré el contorno de mi humor para volcar tantos suspiros en la más álgida soledad, antes de que de este mismo rincón saltaran mis hijos chorreando alegrías. Yo soñaba con Arcana, con yo Andros y con Eva, pero no sabía que ellos soñaban con nosotros.


Descarga aquí el cuento La noche boca arriba.