“Horario De Visitas”

1. Una madre

La madre sembró, alimentó, dio abrigo y consoló. Cuatro hijos parió con dolor, como Dios manda. Y siguió adelante, valiente, decidida, protectora. La parvada creció y se dispersó, también como Dios manda, y empezó a practicar lo que la madre les había entregado mientras permanecieron bajo su alero. Principios grabados a fuego en sus cuatro corazones afloraban sin cesar. El tiempo pasaba, liviano y alegre. Un mal día de agosto, aterrador, espantoso, la madre, el pilar enfermó, sus piernas flaquearon, su respiración se hizo consciente y necesitó ayuda, misma de la que prodigó a manos llenas. Comenzó la dependencia, la desnudez, la separación del nido amado… y surgió entonces la cosecha, la parvada se unió nuevamente y rodeándola la abrazó, devolviéndole la mano con caricias, con masajes, con música, con amor, con besos. Los ojos de la madre brillan mirando hacia la puerta en el horario de visitas. Las visitas le traen consigo la certeza de lo cercano.

2. Una hija

Con sus diecisiete años llegaba grave al hospital. La trajo la madre, criada en el campo, sin saber dar un teléfono, sin saber leer siquiera. La dejó con nosotros, cediéndonos lo que de ella misma había sido crianza. Día a día venía a tocar cualquier parte del inconsciente cuerpo que estuviese libre de cables, conexiones y mangueras necesarias para mantener a su hija con vida. Nosotros hicimos lo nuestro, pero fue inútil. Intentamos avisarle por todos los medios a nuestro alcance, creímos lograrlo. Tempranito en la mañana apareció ella y su bolsa con útiles dispuestos a asear el cuerpo de su hija viva. Yo la vi. A ella y a sus ojos mirando hacia la cama vacía, buscando lo que le pertenecía, lo que era de ella, lo que su cuerpo había refugiado tantas veces. Y no la halló. Y nos acercamos. Y sé que supo desde antes lo que oyó, y se desplomó sobre la silla y su rostro se inundó de lágrimas. No sabía leer ni dar un teléfono siquiera. De su garganta, sólo una palabra: hija, hija, hija…


Autora: Pilar Cruz.