Holmes

Mucho más que por sus superlativas habilidades de investigador, siempre fui voraz admirador de Sherlock Holmes merced al atractivo ineludible de su personalidad. Se conjugaban en él, aparte del genio, la osadía y la elegancia, la soberbia y la excentricidad, la cortesía sin intención de perfume, pues no cabía en su mente más que sus intereses, ni en su corazón más que su ego.

Queridos, les dejo por acá una de las primeras y más reveladoras conversaciones entre Holmes y el que sería su leal amigo, James Watson:

-Me explicaré -dijo-. Yo creo que, originariamente, el cerebro de una persona es como un pequeño ático vacío en el que hay que meter el mobiliario que uno prefiera. Las gentes necias amontonan en ese ático toda la madera que encuentran a mano, y así resulta que no queda espacio en él para los conocimientos que podrían serles útiles, o, en el mejor de los casos, esos conocimientos se encuentran tan revueltos con otra montonera de cosas, que les resulta difícil dar con ellos. Pues bien: el artesano hábil tiene muchísimo cuidado con lo que mete en el ático del cerebro. Sólo admite en el mismo las herramientas que pueden ayudarle a realizar su labor; pero de éstas sí que tiene un gran surtido y lo guarda en el orden más perfecto. Es un error el creer que la pequeña habitación tiene paredes elásticas y que puede ensancharse indefinidamente. Créame llega un momento en que cada conocimiento nuevo que se agrega supone el olvido de algo que ya se conocía. Por consiguiente, es de la mayor importancia no dejar que los datos inútiles desplacen a los útiles.

-Pero ¡lo del sistema solar! -dije yo con acento de protesta.

-¿Y qué diablos supone para mí? -me interrumpió él con impaciencia-. Me asegura usted que giramos alrededor del sol. Aunque girásemos alrededor de la luna, ello no supondría para mí o para mi labor la más insignificante diferencia.