Crónicas de un obsesivo-compulsivo, parte I

Son las 05.36 AM. Es lunes así que pienso que una buena manera de empezar una semana exitosa es levantarme aun más temprano de lo que ya he estado haciendo desde que comenzó enero. Pongo un pie abajo de la cama, tambaleo un poco y pongo el otro, así que estoy oficialmente levantado. Voy a la cocina por mi té y mi pastilla diaria y, mientras el primero se enfría, entro al baño a hacer el par de diligencias acostumbradas. Salgo, todavía no dan las seis. Me dirijo a la habitación de mi hija y oro un buen rato por ella, por mi otra hija, por los dos años de matrimonio que cumplo hoy, por mi madre, por mi padrino y por mi perra que está tan vieja y fea y, en fin, por que Dios me eche una mano en mi intento poco fructífero de ser diariamente un pelín mejor ser humano que el día anterior, pues según Abraham, Eduardo, Pilar, la Cristi y todos los demás “es una santa por la paciencia que te tiene”. Y yo la amo, es cierto, mucho, pero ¿tanta paciencia hay que tenerme? ¿Soy un energúmeno tan insufrible? Tal vez si fuera drogadicto y reactivo se diría de mí “pobrecito, aparte del problema que tiene no le hace daño a nadie”, pero jamás he probado un porro y mis vicios son que duermo mucho los fines de semana y que no puedo callarme lo que pienso ni dejar de hacer las ideas que se me ocurren, así que “la paciencia que te tiene”. Lo siento tanto, lo digo de veras de veras de veras, pero aunque me esfuerzo cada día simplemente no puedo ser mejor persona. La cosa es que ya son las 06.29 y alcanzo a leer unos minutos Mateo, a ver si me orienta el Libro en esta intención. 06.40 y alcanzo a ir al servicentro por el café que me gustó el otro día así que enciendo el auto, parto, llego, y a las 06.49 me encuentro el Petrobras cerrado. No importa, de regreso hay una Copec, no es el mismo café pero no importa, pues tampoco creo que no alcance a estar apretando On a las 07.00 en punto como necesito para mantener mi precario equilibrio diario, del que como es lunes dependerá gran parte de mi actitud “exitosa” de toda la semana. Romina -así se llama la chica- me entrega un latte grande y le comento que hubiera preferido que fuera pequeño, como también le comento que Romina no es griego sino romano, y que su apellido es árabe, malgastando en total 67 segundos que no hubiera debido. Vuelvo a encender el motor justo cuando el reloj del auto pasa de 06.55 a 06.56 y una gota de mal agüero me corre desde la sien hasta el lado derecho de la mandíbula. Llego a mi “parque residencial” (vaya nombrecillo seudoburgués) pegado al parachoques del bus que caracolea adelante, por ahorrar tiempo subo a la izquierda y justo a las 06.58 AM el taxista que espera a una pasajera afuera de su casa me hace el gesto de poquito con los dedos, que poquito, que lo espere un poquito para salirse de en medio de mi calle, poquito, poquito desgraciado y mi cristianismo con el que empecé el día poquito a poquito se me va al poquito.

Cuando el poquito de taxista ha sacado su poquito de taxi de mi poquito camino, ya son las 06.59 AM de la eternidad con 12, 13, 14 segundos. Estaciono el furgón afuera, a pocos metros de donde el año antepasado me robaron el otro auto, y corro y se chorrea parte del café en parte de la calle y entro y cierro y voy en el tercer peldaño con mi poquito de café poquito en la poquita mano justo cuando mi alarma da su putito poquito bip de las 07.00 y mi precisión se va a la poquita putita y pienso en la cara del taxista y todo mi afán por ser mejor se vuelve TOC y mi café se enfría mientras una hora, un minuto y cincuenta y seis segundos más tarde escribo este preámbulo para aliviar mi poquita angustia de potencial energúmeno insufrible poquito obsesivo-compulsivo de hoy poquito.

Casi sobra decir que el minúsculo piquete de la pantalla de mi Mac, ese que solo yo veo, esta mañana se me antoja gigante, como un abismo inmenso y voraz en que cabe todo mi putito poquito de equilibrio y la conchetumare.