¿Soy consumista?

Juro (y no en broma) que hasta enero de este año yo era un tipo bastante austero. Lucas que me sobraban, lucas las que ahorraba. Y claro que gastaba algunas en invitarla a ella a comer algo rico de vez en cuando -o más que de cuando en vez aquellas semanas que fuimos demasiado seguidito a la Fuente Alemana-, pero compartido el gasto no es tan gasto, sino recuerdos. Porque como le dijo María Iribarne a Juan Pablo Castel, “vivir es construir futuros recuerdos”, con lo que puedo justificar a los que terminaron volviéndose varios kilos extras.

La cosa es que solo en construir futuros recuerdos “malgastaba” yo mis nunca generosos excedentes… hasta que se me metió en esta obsesiva cabeza la sílaba Mac. La palabra Mac. Un Mac.

Y vino el Mac, y luego el iPhone, y bastantes cosas más de las que convino, y se desequilibró un poco la precaria estabilidad, y soy papá y hay que privilegiar los pañales porque la plata no nos sobra, y qué pasaría si viniera una tercera hijita, o lo que es más caro: Un varoncito. Habría que ampliar la casa y para eso sería bueno -volver a- tener ahorros. Uf.

Todo partió en febrero, me desconozco. Yo me reía un poco de la gente que compraba tanto y hasta le enseñé a ella a no vivir en función de banalidades. ¿Y ahora, justo hoy que vengo llegando de adquirir mi último cachivache, quién me lo puede reenseñar a mí? Porque es un bicho terrible esto de volverse consumista. Una vergüenza la que se siente, pero un calorcito tan fuerte cuando uno se acerca a la tienda.