Bienvenidos

Leí una vez, cuando era buen lector, que las primeras palabras que un autor escribe en sus libros condicionan todo el desarrollo posterior de éstos. Lo anterior, sin lugar a dudas, imprime al acto de escoger estas palabras una responsabilidad tan grande como grande se pretende sea la gloria o reconocimiento que el libro alcance.

También leí que José Saramago escribía para que quedara en el mundo memoria de sí, para que se supiera que había existido un tal José Saramago, para no ser borrado por la noche de los tiempos. Porque chuta, realmente somos polvo en el viento, y la vida dura bien poco.

Este miedo a ser también yo borrado me ha invadido con más fuerza que nunca desde que alcancé los treinta años y vi que mis dientes incisivos habían comenzado su proceso de desgaste. ¿Han notado ese serruchito con que nacen los dientes permanentes, y que en mayor o menor grado los acompaña varios años? Pues desde los treinta años, cuando vivía en ese enorme y viejo departamento de Tucapel con Rozas, yo ya no lo tengo en ninguno.

Así pues, como José Saramago, comienzo esta nueva versión de mi blog con menos pretensiones en los aspectos temáticos y de influencia, pero aferrándome a ella como a la única forma que se me ocurre -por ahora- de perdurar. Luego tendré el hijo y más adelante plantaré el árbol. Por ahora este libro será el mío, un libro virtual, y están todos invitados a interactuar con él. Gracias por estar.

Nota, cuatro años después:

Y tuve el hijo. Bueno, hija. Y luego tuve otra, así que son las hijas, que es mucho más feliz. Y a ellas dedico este libro digital que mi esposa tiene instrucción de imprimir si me pasa algo, para que Paula y Emilia sepan un poco más de su viejito que las ama. Así que para ustedes, amorcitos míos, es que está pensando cada post. Las ama su padre.