Be generous

Desperté a las 5:20 de la madrugada en medio de un abismante silencio. No sé si he dicho aquí antes que tengo silenciofobia. O miedo al silencio, o angustia-frente-al-silencio, o no sé. Supongo que tiene que estar ligado a haber sido parte de una familia grande, la que luego se contrajo más de la cuenta a lo largo de estas tres décadas. Aunque hay gente a la que el silencio le gusta. He oído muchas veces el comentario “me gusta pasar momentos solo”, pero dicho por personas que, seamos francos, han vivido rodeados de hermanos y de papás y de tíos. Y no es una queja, no esta noche, pero cuando la soledad es la condición por defecto, el silencio deja de resultar tan grato y uno prefiere despertar ojalá con algo que emita algún sonido o ruidito.

Así que me levanté y encendí la tele como quien enciende una antorcha en una cueva. Warner Channel. Creo que llevo un mes y medio siguiendo capítulo por medio de Supernatural, Friends, Two and Half Men, algo de Eleventh Hour y de Fringe, y mi nueva adicción, Smallville. Ahora que no tengo con quién ver Lost decidí esperar que se acabe la temporada y bancármela toda de una vez, casi solo por respeto porque a estas alturas no tiene más que un cuarto de la gracia verla sin alguien para comentarla. Menciono de paso tres cosas: una, que hasta hace un año y medio la tele me era una especie de anécdota en la casa, casi otro mueble sobre el cual apilar cosas, porque siempre he sido más bien un entusiasta consumidor de programas de radio, que de la “caja boba”. Dos, que debo admitir que ya no me parece tan boba y tres, que no es que esté echado como vaca de reality todo el día sin trabajar, sino que precisamente porque trabajo en casa, dejo la tele prendida para que, programa tras programa, algo me indique el paso del tiempo, pues en mis labores de publicista gráfico muchas veces puedo pasar cinco horas puliendo alguna forma o concepto, lo que, sin algo que anule el silencio, termina creando una especie de limbo atemporal a mi alrededor.

La cosa es que hay una serie que nunca he celebrado tanto, por mucho que actúe esa belleza cansina de Maura Tierney, y aunque por su elenco haya pasado incluso John Stamos, el querible Tío Jesse de Full House (conocida en español como 3×3, y profusamente emitida allá por los alrededores de 1990). Se llama E.R. y se trata de un puñado de médicos, enfermeras y personal paramédico tratando de hacer funcionar una unidad de emergencia en un ajetreado hospital público de Boston. O de donde sea, da igual Boston que Connecticut o Milwaukee, que lo digo a modo de ilustración. Y digo “tratando de hacer funcionar” porque es eso, la serie en el fondo se ocupa de los diversos cachos humanos que envuelven a los protagonistas, que tienen sendas majamamas en sus vidas, todas bastante cuestionables y ninguna tan resuelta. Que atiendan a una viejita atropellada o a un niño rapero con pistola no importa tanto como que Abby sea medio alcohólica o que tenga una madre esquizoide igualita a Sally Field, o que el médico nuevo tenga problemas con la suya o que el guardia padezca complicaciones respiratorias producto de haber rescatado gente desde los escombros que dejó el 11 de septiembre gringo.

Por eso es que la jodida unidad de emergencia sólo Dios sabe cómo sigue funcionando. Son más que frecuentes los “I can’t do this” y los berrinches y los lloros. Tantos, que me hacen pensar que hasta el Hospital de Talca vendría siendo un paraíso laboral, pues este de E.R. se cae a pedazos a cada capítulo, lleno de funcionarios casi con más trancas que especialidades.

Pero si un personaje logró captar mi cariño era un pelado que se llamaba Mark. Pelado, y con un tumor cerebral inoperable que le diagnosticó Chris Sarandon hace ya varios días. Y se murió. Recién. ¿Cómo me hacen esto, Dios mío! El tipo era uno de los más carismáticos -si no el más-, buenos y empáticos de la cabrona seriecita. Llegan y me lo matan y a mí me recuerda a mi primo Luke Skywalker y para más rematar terminan el capítulo con la bellísima interpretación de Israel Kamakawiwo’ole de Somewhere Over the Rainbow…

Pelado desgraciado. No lo alcancé a ver mucho, pero lloré ahora para su funeral, escondido yo entre sus colegas médicos y su hija Rachel, a quien dijo, una noche antes de morirse, “sé generosa“. Y tan bien dicho lo dijo, tan falto de poesía (y por ende tan directo y libre de pretensión) que me dejó pegado a esta silla. “Be generous”. Justo cuando tiendo a olvidarme del mundo, cuando la soledad en medio de la noche y el reiterado y abismante silencio comenzaban a dar los retoques finales a mi retrato en versión ermitaño, este pelado me dice que sea generoso.

Voy por un milo, pelado. Créeme que trataré.


Escrito el miércoles 13 de mayo de 2009.