Alejandro Mihovilovich

Don Alejandro Mihovilovic Gratz inevitablemente recuerda al viejo pascuero. Lo digo con algo de pudor, pues sé que sus ojos vivaces merodearán por estas letras. Pero tampoco con tanto, pues del mismo modo han merodeado otros muchos millones de letras, algunos miles de los cuales habrán de haberse referido ya a su redondeada persona, con lo que la comparación, ciertamente, de inédita tendrá muy poco.

Llegué a su oficina a eso de las diez con diez de la mañana. Mis colegas diseñadores serán tal vez los únicos capaces de entender lo difícil que resulta para alguien de nuestra especialidad levantarse a las ocho de la mañana. Debí para ello programar el televisor con cinco minutos de desfase respecto al despertador del celu, el que sonaría a su vez cinco después de que una buena amiga me llamara al teléfono fijo “hasta que te conteste y te jure que estoy de pie junto a la cama”· Menos mal que resultó, aunque precisé de quince minutos con la cabeza asomada a la ventana del colectivo para readquirir la lozanía más express que pude pedir al cielo.

Y parece que partí bien. Me esperaba de buen talante este hombre completamente cano, de barba perfecta y uñas prolijas, cuentan por ahí que Hijo Ilustre de Concepción. Y aunque llevaba yo una pauta bastante marcada con las preguntas que quería hacerle, no me quedó otra que quedarme casi mudo ante el caudal algo indomable de respuestas que me dio. Me sentí como ante la personificación misma de la Wikipedia, toda briosa en sus colecciones de nombres y de fechas y de lugares, así que me desestructuré un poquito, y dispuse el oído. De no haberlo hecho así, me hubiese quedado con tres o cuatro frases, desperdiciando todos los datos colaterales.

Datos como que el nombre de nuestra ciudad es originalmente Nuestra Señora de la Santísima Concepción (ya me parecía a mí que Concepción había sonado siempre menos citadino que La Serena o Perquenco), o que puede que haya mucho de cierto en eso de que Moby Dick era en realidad un cachalote que paseaba cerca de nuestra Isla Mocha. De esto yo había oído, mas no mucha idea tenía sobre que nuestra bahía había sido punto de encuentro obligado de muchos, muchísimos barcos balleneros que venían desde Estados Unidos a faenar sus presas, extrayéndoles la grasa, la esperma, aprovechándoles las barbas y transformándoles el ámbar en una materia prima para elaborar perfumes caros. Y también que puede que muchos de nosotros tengamos por lo mismo algo de sangre de marineros, pues entre tanta actividad portuaria iban apareciendo bares, astilleros, almacenes y hasta burdeles para atender a los hombrones, expandiendo así ese lado de la ciudad. “Ruptura de carga” me dijo que se llamaba el fenómeno, porque al alero de cargar y descargar los barcos iba generándose, hormigueante, toda esta vida.

¿En qué más vemos notoriamente este juego de causa y efecto que usted llama Ruptura de Carga?

En el comercio, propiamente, pues alrededor suyo es donde se activa todo. Así como acá en el mall florecen las tiendas pequeñas alrededor de las grandes.

Y así continuaba don Alejandro. En un momento pareció leerme la mente con sus ojos de San Nicolás cuando yo me preguntaba qué hubiera existido ahí mismito donde está el mall, pero hace doscientos años: un emporio –dijo-. ¡Un fuerte tal vez! pues es un lugar de enclave. Que si vas a Talcahuano pasas por el Mall. Que si vienes de San Pedro a Concepción, también pasas cerca. El mall es en sí una ruptura de carga.

¿Y podría haberse trasladado Conce (desde Penco) a la “Zona Trébol”?

No pues, si el lugar se buscó con lupa, allá por 1751. Hasta Ambrosio O’Higgins andaba preocupado de encontrar un sector no muy afectable por un posible maremoto (y el trébol sí lo es, directamente o no), pero que sin embargo aprovechara las aguas del Biobío -que fue navegable hasta que en 1835 un terremoto lo deformó-. Además debía ser un sitio alto y que quedara protegido militarmente por un cerro, que terminó siendo el Caracol.

Diablos, debí haberme hecho un torpedo más macizo. Pero ¿cómo contrapreguntarle a esta enciclopedia humana? ¿Cómo, manteniendo cierta complicidad estilo CQC? Me resigné. Para no quedar desnudo ante mi propio ojo crítico, cambié estratégicamente el curso de la conversa:

Don Alejandro, ¿le cambiaría el nombre a alguna calle de Conce?

La verdad esa que siempre he tenido cierta dificultad y hasta algo de enojo con los nombres de calles de la ciudad, pues considero que a nuestros verdaderos próceres se les dieron las más feas, y a quienes en algunos casos nunca estuvieron aquí siquiera, las mejores. Por ejemplo Cochrane estuvo apenas en la bahía, jamás en Concepción propiamente. San Martín llegó a Talca no más, nunca puso los pies en Concepción, y tiene una de lo más importante. Barros Arana es un personaje netamente santiaguino y se adjudica nuestra principal avenida… En cambio Juan Martínez de Rozas, pese a ser mendocino de nacimiento fue casi el único participante pensante de entre los fundadores de la primera Junta Nacional de Gobierno, pues el resto de la junta valía muy poco: la historia dice que don Mateo de Toro y Zambrano era un octogenario que se quedaba dormido en el pupitre mientras sesionaban, y que cuando despertaba y preguntaba las resoluciones, era sepultado a insultos. El obispo Rodríguez -vicepresidente de la Junta- estaba loco, por lo que el Cabildo Eclesiástico advertía “cualquier decisión que tome nos la consultan primero, o no la haremos válida”. Reyna, que era milico, pedía que no se le tomara tan en cuenta “porque tal vez al rey no le convengan mucho mis opiniones”. Pero Rozas, penquista y luchador acérrimo, tiene una calle fea. Como Bulnes, que también merecía más gloria, o como el mismísimo general José María de la Cruz, héroe local, gestor de la Revolución del 51, que tiene también la peor calle por allá abajo. Así que yo desheredaría a Cochrane, y llamaría a su calle Pascual Binimelis, que sí fue aporte, mandando a hacer, entre otras cosas, el monumento de la Plaza, con la diosa Ceres en la parte superior. No sacaría ningún nombre de indio a ninguna calle, como le pasó al pobre Talcahuano, cuya calle se llama ahora Serrano.

A esas alturas, ya tenía yo más o menos dimensionado lo poco que sabía de mi Concepción pretérito. Ignoraba incluso que alguna vez se había librado una batalla de penquistas contra penquistas en la que murieron 2.000 conciudadanos, o que aquí mismo comenzó la fortificación del país, constituyendo en más de algún modo a Concepción en la cuna de la historia nacional. ¿Suena pretencioso? ¿Y dónde si no comienza la Guerra de Arauco (que nunca termina)? ¿Dónde la Independencia? ¿Dónde las madres paren apellidos como Cruz, Prieto, Bulnes u O’Higgins?

Así que no sé si fue mi levantada matinal, o las narraciones de este caballero parecido a Santa Claus, o ambas cosas mezcladas, pero juro que cuando venía de regreso a mi cuchitril, la Plaza Independencia me pareció más hermosa, las ropas de las gentes más rimbombantes, y esa violinista, la de la Galería Alessandri, más colonial que su violín. A lo lejos, ya de sentado en mi sencillo carruaje, me pareció divisar a Víctor Lamas conversando con don Pedro del Río Zañartu.


Escrito el año 2009.